La odisea de los celtiberos en Suramérica

Von admin, 20. Dezember 2022

Todo comenzó en Cartago, en la tercera guerra púnica. Los romanos habían llegado a sus murallas decididos a destruir totalmente la ciudad. La sitiaron durante tres largos años. Según la leyenda fue tan duro que las mujeres se cortaron el pelo para hacer cuerdas y fabricar armas de guerra, los habitantes cartagineses y sus aliados hispanos lucharon día y noche para defender su ciudad. El asedio duró desde el año 149 aC hasta la primavera del 146 aC, cuando Publio Cornelio Escipión Emiliano tomó la ciudad en una tormenta.

A pesar de que los romanos ya habían entrado dentro de las murallas, Cartago resistió durante seis días el asedio de los soldados; estos tuvieron que avanzar penosamente casa por casa, tal fue la resistencia a la que se enfrentaron. Los romanos avanzaron por tres calles, matando a todo aquel que encontraban a su paso mientras los cartagineses les lanzaban tejas y piedras desde los tejados. Los legionarios subieron a las azoteas y mataron a los defensores, tendiendo puentes de tablas entre las casas. Los cuerpos se apilaban en las calles, impidiendo el paso a las cohortes de la infantería y la caballería. Brigadas de "limpieza" arrastraban con ganchos a muertos y heridos y los arrojaban a fosas comunes, para despejar el camino. Los caballos pisoteaban miembros mutilados y cabezas cortadas en su avance. Ríos de sangre corrían por las calles de Cartago. Las tropas romanas se alternaban para evitar la indisciplina y la locura mientras avanzaban matando y mutilando.

La ciudad fue totalmente destruida y sus tesoros llevados a Roma. Del casi millón de habitantes sólo sobrevivieron unos cincuenta mil y fueron vendidos como esclavos. Esto es lo que se escribió en los libros de historia, pero no fue exactamente así…. Algunos consiguieron huir emprendiendo una de las epopeyas más extraordinaria y desconocida de la humanidad

Fue un almirante llamado Hannon de origen hispano que huyó con lo que le quedaba de sus tropas mercenarias iberas y celtas. Los romanos habían entrado en la ciudad por el puerto atravesando parte de las murallas mediante una grieta hecha por uno de sus arietes. Mientras se dedicaban a ocupar y saquear la ciudad, el almirante huyo hacia el puerto militar donde había cinco barcos de guerra ocultos. Aprovechó la noche para salir a la mar con los soldados que le quedaban esquivando los barcos romanos que bloqueaban el golfo de Cartago. Diez galeras romanas fueron en su persecución. Pero la oscuridad de la noche y la desesperación de los fugados les salvaron.

El primer destino fue Eivissa, donde repostaron agua y alimentos y dejaron a algunos soldados gravemente heridos que nos sobrevivirían al largo viaje que les esperaba. Los naturales de la isla se entristecieron mucho por la caída de Cartago. Un grupo de valientes honderos baleares y sus mujeres venidos de Mallorca decidió acompañarlos en su gran odisea. Pues Magón tenía un plan, atravesar las columnas de hércules y navegar hacia el occidente hasta un lejano paraíso conocido desde los fenicios, pero mantenido en secreto por los cartagineses.

Desde las baleares costearon el levante hasta llegar a las columnas de Hércules que atravesaron de noche por miedo a las patrullas romanas, dueñas del Mediterráneo. Sus últimos días en Europa las pasaron en la desembocadura del Guadalquivir, acaparando víveres y agua pues el viaje sería muy largo. Un grupo de celtas de cabellos rubios y rojos se unieron a los fugitivos.

Magón había estudiado viejos mapas y relatos. Fueron los fenicios los primeros que habían descubierto esa lejana tierra de grandes junglas parecidas a las africanas. La tierra del hierro la llamaron por la abundancia de este metal. Y lo mantuvieron en secreto por desconfianza de los griegos que también se aventuraban en lo desconocido en busca de oro y otros metales. El plan era simple: Debían navegar hacia el sur, pasar por las islas de las Afortunadas (las actuales islas canarias), continuar hacia al sur hasta divisar otras islas cubiertas de árboles, las Hespérides (Cabo verde) y luego continuar bajando hasta encontrar unos fuertes vientos (los alisios) que les llevarían raudos hasta el paraíso escondido. Una vez que el Favonius, el Dios de los vientos, hinchara las velas hacia el Oeste ya no habría vuelta atrás posible. Todo por lo que habían luchado y creído estaba quemado y destruido. Solo había un camino: El paraíso escondido donde se acuesta el sol o la muerte por inanición en medio del mar.

Hannon todavía dudaba. Las leyendas podían estar erradas. Cuando desembarcó en las Hespérides para aprovisionarse de agua y comida observó que los famosos dragones de los que se vendía muy cara su sangre no eran tales, sino arboles con varias “cabezas” con un curioso tocado. Desde el mar bien parecían monstruos, pero eran solo arboles de sabia roja. Cuando abandonó estas islas se preguntó de nuevo si los antiguos escritos eran ciertos o no. Quizás no existía ese paraíso al oeste y solo encontraría una gran catarata o una zona tan tórrida donde el agua hervía y todos morirían horriblemente. Aunque en su fuero interno algo le decía que no, sus hombres se habían salvado de la furia romana. Cartago estaba seguramente destruida hasta sus cimientos. Mejor morir en el mar libre que en una galera romana o en el mismo coliseo…

Al divisar las islas Hespérides una tormenta tropical hizo naufragar a uno de los barcos y provocó daños al resto de la pequeña flota. Casi todos los hombres y mujeres sobrevivieron. Tan solo murieron algunos celtas que iban en el barco siniestrado. Pero lo más grave fue que se ahogaron todos los caballos y yeguas comprados a precio de oro en Hispania. Hannon tenía planes para ellos y su futuro cuerpo de caballería que defendería el lejano paraíso de posibles ejércitos enemigos.

Pasaron un par de semanas en las islas Hespérides reparando los barcos. Hannon recontó a sus hombres 32 cartagineses, 122 iberos entre mercenarios y habitantes de Eivissa (70 hombres y 52 mujeres) y 84 celtas recogidos en el Guadalquivir (46 hombres y 38 mujeres). En el naufragio murieron 15 hombres y 7 mujeres, aparte de todos los caballos. Eran un número importante, suficiente para fundar una colonia en el paraíso hacia dónde iban.

Cuando los cuatro barcos que le quedaban están ya casi reparados empezaron los conflictos entre los fugitivos. Un cartaginés intentó abusar de una mujer celta y sus compañeros intentaron lincharle. El problema casi desembocó en una pequeña guerra civil. Hannon tuvo que ser inflexible y ajusticiar al cartaginés que provocó todo. Esta decisión si bien acabó con las luchas internas le pasó factura a la larga, pues el resto de los cartagineses empezaron a desconfiar de él. Le llamaban el Ibero por sus orígenes y buscaron en silencio un nuevo líder que le derrocara y quizás les guiara hacia Cartago de nuevo.

Viendo la situación Hannón decidió partir de las islas Hespérides rumbo al paraíso o la muerte…

Los vientos alisios aparecieron de pronto con una fuerza inusitada que empujaba a la pequeña flota de cuatro barcos en dirección al oeste. En apenas un mes atravesaron el océano, tocando tierra en una pequeña isla frente a Brasil que llamaron Cartago Nova en honor a la destruida ciudad de la que huyeron. Hoy en día tiene el nombre de Itamaracá.

Comenzó entonces la historia de los primeros europeos y africanos en América.

 

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